Porque algún día me querrás leer

 Querido ‘’A’’migo,

La presente carta tendrá muchos errores, unos cuantos hipérboles y una que otra mentira, pero trataré de ser lo más cruda posible, y no usaré esos clichés que tanto te molestan.

Me he mudado a Rusia, pensando que acá iba a encontrarme a mí misma. ¿Sabés? Estoy más perdida que nunca JAJA. Vivo con mi tía y su esposa (Hasta hace tres meses me di cuenta que mi tía es lesbiana luego de que estuviera casada por diez años)… Aguantar a una mujer es sumamente difícil, lo sé porque a veces ni yo misma me aguanto, pero aguantar dos mujeres casadas peleando mientras ambas pasan por una incontrolable menopausia es peor, miento… Espeluznante.

Poco a poco voy a hablarte de mi experiencia con cada una de las personas que viven en esta casa, pero ya que comencé  la carta con el tópico de la menopausia empezaré con ellas:

Mi tía Macaria es la hermana de mi mamá, estudió leyes en Harvard gracias a una beca que el gobierno de Chile le ofreció (claro que tengo la teoría de que mi abuelo le pagó al embajador una suma muy considerable de dinero para que lograra desaparecerla de su vista) Es gorda, egoísta y malhablada, se tira pedos y cuando se enoja no logra separar sus premolares, ‘’on dirait’’ estalagmitas a punto de explotar. Está obsesionada por el orden, si visualiza un calcetín debajo de mi cama se acabaron mis salidas por la semana (Si, es una bruja capaz de mirar a través de los objetos), pero tiene cualidades magníficas… Por ejemplo… emmmh… Okay no, no las tiene. Es monárquica, supersticiosa, intolerante, avariciosa y egoísta… ¿te mencioné que se tira pedos y se saca sus mocos? Arghhhh… lo hace y me exaspera, pero claro… yo no tengo derecho a decírselo porque ella siempre dirá que es el ser más prudente del universo.

La esposa de mi tía se llama Ramona… tiene la delicadez  de un elefante borracho. Odia que la gente pruebe su comida, no le gusta el sonido de las cucharas al tocar los dientes, y aborrece los animales. Ella tiene otro tipo de defecto, ya que al tener mucho dinero se cree superior a todos. Es baja, casi enana… pero grita, y grita, y grita… creo que es su lenguaje natal, tomando en cuenta que viene de Aaaalkunghen (Ciudad que tengo miedo de localizar en el mapa). No soporta verme pintando o leyendo, siempre me grita ‘’Deberías de estar haciendo algo productivo con tu vida!’’ mientras toma ron en una copa y lee Cosmopolitan.

Y cuando están juntas es un cataclismo… es un concierto de quejas, aullidos y pataleos (a veces hasta se lanzan zanahorias) la verdad es que todavía no asimilo el porqué  están  juntas, al verlas podrías imagino una foca y un avestruz, la pregunta es ¿qué rayos hace una foca con un avestruz?.

Hace ocho años adoptaron a una niña asiática (Yin), de la cual me enamoré desde el segundo día que la vi… En el primero se la pasó llorando, pero en el segundo nos mostró sus dientes separados.

Era una niña soñadora, pero que a falta de apoyo maternal se convirtió en un robot mentiroso; hoy en día tiene que pedir permiso para correr y para saltar, se le prohíbe comer cualquier tipo de dulce, dormirse luego de las siete, tomar leche antes de su desayuno, salir a andar en bicicleta y jugar más de treinta minutos al día ¿Te imaginás una infancia sin desvelos, ni azúcar, ni errores? Obviamente yo he llegado como un ángel para ella: yo le permito que juegue todo lo que quiera, que se coma todas mis galletas y que me ayude a escribir mis cuentos. Su vida cambió desde que  llegué, al menos ya entendió que no es necesario pedir permiso para ser feliz. Es exageradamente chismosa, dejáme decirte, pero la entiendo… su vida era una estructura y yo vine a sembrar desastre, tal vez no se ha adaptado del todo.

 Pero ninguna historia de terror carece de partes amenas… En esta casa he conocido muchos amigos: una sirena que en las mañanas se disfraza de humano, un árbol con sonrisa antagónica, una lavadora psicóloga y un cuaderno con páginas a prueba de lágrimas. Paso la mayoría del tiempo con mi cuaderno, porque los demás tienen que encargarse de sus respectivas labores. La sirena se llama Paulette, es una actriz famosa, tiene un cuerpo apolíneo y un cabello  marítimo, es vegetariana… pero ama el atún ¿Una sirena que come atún? Si amigo. Me vine a encontrar con una sirena ictiófaga.

Paulette me dejó ver su cuerpo desnudo mientras estábamos ebrias: las aureolas de sus pechos son rosadas y tiene tatuados nelumbos, nenúfares y caltas por toda su cintura. Solo la veo a ratos, siempre está ocupada aprendiendo de memoria sus libretos o mirándose al espejo mientras peina sus rebeldes olas. Es vanidosa: tiene que serlo, todas las sirenas sonríen al ver su propio reflejo.

Lo que amo de ella es que se equivoca, nunca deja de equivocarse. Ayer intentó hacer papas fritas, pero la muy boba confundió el aceite con la vainilla, comimos papas con sabor a pastel. Ay, Paulette. Se ha vuelto mía, y yo me he vuelto suya. Nos tenemos sin tenernos, y cuando nos hartamos la una de la otra ella se va nadando y yo me pierdo entre páginas.

La primera amiga que hice fue la lavadora; un día como cualquiera me fui a llorar al cuarto de limpieza y apoyé ligeramente mi cabeza en una de las máquinas, empecé a escupir palabras confusas y a decir que nunca nadie escuchaba mi voz, casi a punto de irme estaba cuando escuché:

-Val, te escucho, recuesta tu cabeza en mí y cuéntame qué pasa.

Moví mis ojos para encontrar el origen de la voz y me di cuenta que un electrodoméstico me estaba hablando.

-Ohhhh no, me estoy volviendo loca, las máquinas de lavar no hablan…

-Claro que hablamos tontita, pero nunca nos dan el tiempo suficien…

-Basta, me voy. –Y me fui.

Claro que a los cinco minutos regresé: vos bien conocés mi terrible necesidad de que alguien me escuche. Lloré, lloré y reí, la lavadora solo respondíá: ‘’¿y eso cómo te hace sentir?’’

Mi segundo amigo fue el árbol, el cual apercibí  en una de esas veces en las que extraviaba mi mirada en el jardín desde la ventana de la cocina. Primero vi sus ojos, grandes y fijos hacia el suelo, y luego su sonrisa, su sonrisa parecía arrancada y puesta al revés. Me pregunté si estaba triste por mi o por el mundo en general, salí y me miró desde dentro hasta afuera, supe a simple vista que necesitaba compañía, entonces me senté al lado de él con mi café, con mi libro y comencé a leerle. Se ha vuelto una rutina bucólica: Ahora él está feliz porque yo le acompaño en las tardes y yo estoy feliz porque él me da sombra para mis lecturas.

Mi cuaderno…Todo en mi vida gira en torno a él, lo uso todos los días para escribir y para copiar frases de Maupassant, Shakespeare y Neruda. Tiene cuatrocientas páginas: ya llené noventa y dos.

En cuanto a mi… yo siempre estoy igual, feliz, melancólica y con ganas de comerme el mundo, quiero aprenderlo todo, conocerlo todo y experimentarlo todo. Trato de mantener una libertad espiritual y mental mientras la física se me es limitada. No puedo salir a bailar, no puedo tomar vino, ni dejar libros en mi mesa de noche, no puedo hacer muchas cosas que solía hacer en mi casa… pero a pesar de todo puedo soñar, puedo escribir y puedo tener pláticas intelectuales con objetos, lo cual me hace sentir la persona más suertuda del mundo.

Si vés a mi mamá tomála entre tus brazos y encerréla fuerte, pero por favor no le contés que vi desnuda a una sirena, se va a preocupar demasiado y va a pensar que estoy delirando.

 

Te quiero amigo,

Tu Valeria.

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Me estoy apagando

Tengo un mar artificial que suena en youtube, y mis pies claro… están cubiertos de nieve. Me enfermaré, lo sé… Pero ya no me importa. ¿Saben? Soy un desastre. ES HAGO TODO LO DECSORDINADO QUE. ¿O cómo era? Como sea… Devoro el postre y luego la carne, dibujo pájaros en mis examenes en vez de ecuaciones, arranco las páginas por un error de tilde, coloreo pezones sin senos, olas sin mentiras, copas silenciosas… las cortinas doradas me hablan: me dicen que salga corriendo, que la prisión corporal es tan solo una manera de llegar a la mental, y que al llegar a ésta todo se acaba… Dicen que soy una mala actriz, que soy pésima para adaptarme a esta puta rutina.

¿Lo peor? Las muy atrevidas tienen razón, me conocen más que ”yo”, la que se pone entre comillas por considerarse una perfecta extraña. Gruño, pestañeo y escribo… Soy una bestia con labios sensuales.

Yo, Valeria Cobos Ayón, ya no tengo nombre. Soy un cadaver que se sepulta bajo botellas de vodka, un demonio que se masturba en la tina cada jueves por la tarde, a las 4:37; y que ese mismo día limpia y decora su cuarto rosa. 

A falta de sol me he vuelto pintora de sombras, una muy cautelosa que crea miradas sin olvidar ni los vellos de la nariz. Qué mierda, nunca pensé caer tan bajo.

Mis manos tiemblan y quiero sexo, de ese que duele, ese que te purifica y te desenreda, que te hace gemir y llorar de bonanza. ”Bienaventurados los qe cogen porque ellos gozan de salud mental”. Soy un cuerpo, tan sólo eso. Uno flácido que extraña, que no olvida… que se vuelve lunático entre tanta actuación.

Terrible

Edgware Toad está cerrado,
En este bus hace frío,
Hace frío y la gente es rara,
¡Si que es extraña la gente en Londres!
Funcionan al reves,
Quitan el aire en verano,
Y en otoño lo prenden,
A toda madre claro.
Quisiera poder correr,
O andar en motocicleta,
Rodeada de arboles,
Y de olores familiares,
No en este aire contaminado,
Lleno de mentiras y de alcohol.
Paso por el mercado,
Los olores rancios me desquician,
Tomates, frambuesas,
Todo pasado de fecha,
Estúpidos clientes comprando,
Está todo hechado a perder,
Mis labios están secos,
Pasas podridas se han vuelto,
Mis muñecas están llenas de sangre,
Por las cortadas de ayer noche,
¡Qué terrible! ¡Qué rutina!
¡Todos los días la misma pesadilla!
Quiero colgarme de un árbol,
Sujetando muy fuerte mi cuello,
Para… Ya saben…
Deshacer de algún modo el horario.

Sal con una chica que no lee (Por Charles Warnk

 

Sal con una chica que no lee. Encuéntrala en medio de la fastidiosa mugre de un bar del medio oeste. Encuéntrala en medio del humo, del sudor de borracho y de las luces multicolores de una discoteca de lujo. Donde la encuentres, descúbrela sonriendo y asegúrate de que la sonrisa permanezca incluso cuando su interlocutor le haya quitado la mirada. Cautívala con trivialidades poco sentimentales; usa las típicas frases de conquista y ríe para tus adentros. Sácala a la calle cuando los bares y las discotecas hayan dado por concluida la velada; ignora el peso de la fatiga. Bésala bajo la lluvia y deja que la tenue luz de un farol de la calle los ilumine, así como has visto que ocurre en las películas. Haz un comentario sobre el poco significado que todo eso tiene. Llévatela a tu apartamento y despáchala luego de hacerle el amor. Tíratela. 

Deja que la especie de contrato que sin darte cuenta has celebrado con ella se convierta poco a poco, incómodamente, en una relación. Descubre intereses y gustos comunes como el sushi o la música country, y construye un muro impenetrable alrededor de ellos. Haz del espacio común un espacio sagrado y regresa a él cada vez que el aire se torne pesado o las veladas parezcan demasiado largas. Háblale de cosas sin importancia y piensa poco. Deja que pasen los meses sin que te des cuenta. Proponle que se mude a vivir contigo y déjala que decore. Peléale por cosas insignificantes como que la maldita cortina de la ducha debe permanecer cerrada para que no se llene de ese maldito moho. Deja que pase un año sin que te des cuenta. Comienza a darte cuenta. 

Concluye que probablemente deberían casarse porque de lo contrario habrías perdido mucho tiempo de tu vida. Invítala a cenar a un restaurante que se salga de tu presupuesto en el piso cuarenta y cinco de un edificio y asegúrate de que tenga una vista hermosa de la ciudad. Tímidamente pídele al mesero que le traiga la copa de champaña con el modesto anillo adentro. Apenas se dé cuenta, proponle matrimonio con todo el entusiasmo y la sinceridad de los que puedas hacer acopio. No te preocupes si sientes que tu corazón está a punto de atravesarte el pecho, y si no sientes nada, tampoco le des mucha importancia. Si hay aplausos, deja que terminen. Si llora, sonríe como si nunca hubieras estado tan feliz, y si no lo hace, igual sonríe. 

Deja que pasen los años sin que te des cuenta. Construye una carrera en vez de conseguir un trabajo. Compra una casa y ten dos hermosos hijos. Trata de criarlos bien. Falla a menudo. Cae en una aburrida indiferencia y luego en una tristeza de la misma naturaleza. Sufre la típica crisis de los cincuenta. Envejece. Sorpréndete por tu falta de logros. En ocasiones siéntete satisfecho pero vacío y etéreo la mayor parte del tiempo. Durante las caminatas, ten la sensación de que nunca vas regresar, o de que el viento puede llevarte consigo. Contrae una enfermedad terminal. Muere, pero solo después de haberte dado cuenta de que la chica que no lee jamás hizo vibrar tu corazón con una pasión que tuviera significado; que nadie va a contar la historia de sus vidas, y que ella también morirá arrepentida porque nada provino nunca de su capacidad de amar.

Haz todas estas cosas, maldita sea, porque no hay nada peor que una chica que lee. Hazlo, te digo, porque una vida en el purgatorio es mejor que una en el infierno. Hazlo porque una chica que lee posee un vocabulario capaz de describir el descontento de una vida insatisfecha. Un vocabulario que analiza la belleza innata del mundo y la convierte en una alcanzable necesidad, en vez de algo maravilloso pero extraño a ti. Una chica que lee hace alarde de un vocabulario que puede identificar lo espacioso y desalmado de la retórica de quien no puede amarla, y la inarticulación causada por el desespero del que la ama en demasía. Un vocabulario, maldita sea, que hace de mi sofística vacía un truco barato. 

Hazlo porque la chica que lee entiende de sintaxis. La literatura le ha enseñado que los momentos de ternura llegan en intervalos esporádicos pero predecibles y que la vida no es plana. Sabe y exige, como corresponde, que el flujo de la vida venga con una corriente de decepción. Una chica que ha leído sobre las reglas de la sintaxis conoce las pausas irregulares –la vacilación en la respiración– que acompañan a la mentira. Sabe cuál es la diferencia entre un episodio de rabia aislado y los hábitos a los que se aferra alguien cuyo amargo cinismo countinuará, sin razón y sin propósito, después de que ella haya empacado sus maletas y pronunciado un inseguro adiós. Tiene claro que en su vida no seré más que unos puntos suspensivos y no una etapa, y por eso sigue su camino, porque la sintaxis le permite reconocer el ritmo y la cadencia de una vida bien vivida. 

Sal con una chica que no lee porque la que sí lo hace sabe de la importancia de la trama y puede rastrear los límites del prólogo y los agudos picos del clímax; los siente en la piel. Será paciente en caso de que haya pausas o intermedios, e intentará acelerar el desenlace. Pero sobre todo, la chica que lee conoce el inevitable significado de un final y se siente cómoda en ellos, pues se ha despedido ya de miles de héroes con apenas una pizca de tristeza. 

No salgas con una chica que lee porque ellas han aprendido a contar historias. Tú con la Joyce, con la Nabokov, con la Woolf; tú en una biblioteca, o parado en la estación del metro, tal vez sentado en la mesa de la esquina de un café, o mirando por la ventana de tu cuarto. Tú, el que me ha hecho la vida tan difícil. La lectora se ha convertido en una espectadora más de su vida y la ha llenado de significado. Insiste en que la narrativa de su historia es magnífica, variada, completa; en que los personajes secundarios son coloridos y el estilo atrevido. Tú, la chica que lee, me hace querer ser todo lo que no soy. Pero soy débil y te fallaré porque tú has soñado, como corresponde, con alguien mejor que yo y no aceptarás la vida que te describí al comienzo de este escrito. No te resignarás a vivir sin pasión, sin perfección, a llevar una vida que no sea digna de ser narrada. Por eso, largo de aquí, chica que lee; coge el siguiente tren que te lleve al sur y llévate a tu Hemingway contigo. Te odio, de verdad te odio.

Gritemos el silencio

Pero sin que nadie escuche nuestras sonrisas tristes,

Protestemos rebeldes nuestro destino incierto,

O bien congelémonos en nuestros brazos de polilla.

 

Tomemos decisiones apresuradas y estúpidas,

No lo pensemos ni dos ni tres veces,

Arriesguemos la piel y los tatuajes.

 

Que este amor sea loco,

Que sea simple y un tanto incivilizado,

No nos jorobemos la vida, aprendamos uno del otro.

 

Como primer aventura cariño,

Arranquémosle los girasoles a esta primavera,

Para colorear con sus pétalos nuestra cama

Pobre, blanca y aburrida,

Entre tanta rutina y melancolía.

 

Pongámosle trampas a ese frío,

Y marquémonos a besos el tiempo que nos queda,

O mejor no,

Tengo una mejor idea

Recuestate en mis labios y te muestro la avenida,

Quedate ahí y  te juro estaré tranquila.