Poema coqueto

Las piezas de dominó

Son dientes indecisos

Que muerden tu ombligo

Para desatar un tsunami

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Para los cristianos que no comen aguacate

Hoy por la tarde almorzaba con un amigo y le ofrecí aguacate. Mi amigo negó con la cabeza y me contó que el aguacate, la papaya y el pataste le daban ganas de vomitar. Y bueno…  la papaya puede resultar asquerosa, especialmente cuando está madura y llena de moscas que creen encontrar sus almas gemelas entre tantas semillas escurridizas. Luego está el pataste que es como tocar las piernas de una mujer que no se ha rasurado. Pero ¿el aguacate? ¿Cómo no va a gustarle el aguacate? Tiene el balance perfecto entre lo dulce y lo salado, es el Ying Yang de la cocina latinoamericana. Y no lo soporto… me desequilibra la idea de que un cristiano no coma aguacate.

La mentira más grande de la Biblia es que Dios escribió diez mandamientos sobre una piedra. En verdad fueron once, pero la montaña en la que quedó enterrada estaba habitada por el fantasma de un dinosaurio intelectual que se quedó sin dientes al morder este artefacto que devoró con su hambre de letras. La mordida que le dio ocasionó la pérdida completa del único testigo tangible del primer mandamiento:

‘’Comerás aguacate hasta chuparte los dedos’’

La piedra quedó con esta mordida y fue encontrada milenios después por arqueólogos. Entonces los abuelos de nuestros abuelos le contaron a nuestros abuelos que el único pecado imperdonable era la blasfemia hacia el Espíritu Santo, y nuestros abuelos por supuesto nos lo contaron a nosotros. Yo, siendo niña imaginaba al espíritu santo como una palomita, y cuando pensé en la palomita cogiéndose a otra palomita me convencí que tenía el boleto al infierno asegurado.

Entonces después de todo, ¿qué pasaría si los cristianos se dieran cuenta que el único pecado mortal es no comer aguacate?

-Valeria Cobos Ayón

”¡Qué bella es la vida!”

Yo no quiero decirle buenos días al presidente,

Ni quiero tomar cereal de desayuno

¿El cereal se toma o se come?

No quiero vestir con ropa que combine,

Ni pintarme el pelo de azul por ser estudiante de diseño gráfico.

No quiero leer a Shakespeare,

No quiero leer a Pizarnik,

No quiero leerme a mí misma

No quiero preparar tres géneros de comida,

ni dividirlos en tres porciones iguales paralelamente distribuidas en el plato.

No quiero vestirme de negro para la clase de Español,

Ni usar la falda sexosa sólo porque tengo que exponer un Power Point mal hecho

Sólo porque el profesor quiere verme con ella

Sólo porque el profesor no puede verme a los ojos

Sólo porque el profesor se cansó de coleccionar títulos

Sólo porque el profesor quiere sexo salvaje.

Hoy no quiero usar la sábana fucsia,

Hoy no quiero poner mi cabeza sobre una almohada,

Ni dormir con mi diario abajo de ella,

Porque tengo miedo que la oscuridad me lo robe

Porque la noche es más infinita que mis palabras

Porque dejo la ventana abierta desde las 9:00 pm

Porque las luciérnagas también se alimentan de euforia

Hoy no quiero pintarme las uñas de rojo,

Ni decir que me levanté con el pie izquierdo

¡Son los sueños los que nos levantan, no los pies!

No quiero ir a Santa Lucía este domingo

Ni sentarme a hablar sobre cuánto mi familia aborrece a los negros

(y a la clase media baja)

Porque hay demasiados árboles como para sentir odio

Porque los únicos que se lastiman son ellos

Porque comer ceviche no te vuelve una mejor persona

Odio todo.

Hoy,

Mañana todo volverá a ser igual

Y me levantaré diciendo ‘‘¡qué bella es la vida!’’

En el aula 509

En el aula 509 todo está frío. Los que son más eléctricos en la Universidad se vuelven cuerpos incorpóreos que ven el suelo en busca de respuestas ¿o preguntas? Y yo trato de verlos a los ojos, pero no lo logro… Porque cuando un alumno entra en el Aula 509 se convierte en vidrio de los pies a los ojos.