La culpa, por Valeria Cobos

La señora Amanda, aún en su piyama, caminaba con la vista perdida a lo largo del muelle. En su casa de playa estaban dormidos sus tres hijas y su sobrino.

Ese mismo día en la madrugada Doña Amanda había soñado que un montón de luciérnagas se habían escapado silenciosamente del infierno para ir a aturdir su noche. Eran rojas, como la lengua de un perro y furiosas querían amarrarle las extremidades a la señora con los extremos de la cama. El sonido que hacían estando enojadas era realmente horrífico, parecían un montón de almas quejándose en un especie de purgatorio. Doña Amanda pensó que tal vez las personas al morir se convertían en luciérnagas, y que sufrían incansablemente hasta que la corriente de aire se las llevaba al mar. Era una pena, su orgullo religioso no le permitía creer que el paraíso era un montón de agua salada en la que los bichos se ahogaban, su orgullo religioso no le permitía creer que lo único que las almas en pena compartían con los ángeles eran las alas, todo lo demás era un cuerpo escuálido, negro e insectico.

Es por eso que cuando miró el reflejo de la luna en el mar y abrió los ojos por primera vez en su vida se puso triste, tan triste que sacó la motosierra y como sacrificio por haber dudado de los planes de Dios la encendió para arrancarse los ojos. Lastimosamente la sierra tocó su cerebro, y todas las inocentes luciérnagas que yacían tranquilas en la arena fueron bañadas de un líquido tibio y rojo, que las puso furiosas.

El día siguiente las hijas le prepararon un desayuno por su cumpleaños, y encontraron solamente sus huesos con una cruz en la arena formada por cadáveres de luciérnaga.

Un grito agudo levantó a todos en la casa. Doña Amanda gritaba como que había sido asustada por el diablo, mientras sostenía un rosario en cada una de sus manos.

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