Carta para una amiga triste

¡Oh mi pequeña Vale! dime ¿qué pasa? Tus ojos han perdido su brillo, te vez frágil. Mi pequeña quisiera sacarte ese demonio que te está desvaneciendo, que te está comiendo, qué te está matando. Quisiera que te quedaras dormida en mis piernas y luego despertarte con un beso y decirte que solo era una pesadilla, pero no puedo mentirte, es real. Tu alma está muriendo y no puedo hacer nada más que acompañarte y aconsejarte, porque vos sos la única que puede terminar con esto, quisiera gritarle a Dios que mande un arco iris, para que viajes a través de él al otro lado del mundo, pero no ha llovido, quisiera acabar con tu soledad, con tu tristeza, pero te amo y eso sería egoísta de mi parte ¿por qué? Porque de lo contrario serías fragil toda tu vida, no descubrirías lo genial que es ser Valeria Cobos, porque si lo es ¿o qué?  Mi pequeña: llora todo lo que quiera, llora que no es malo, toma mi pecho como almohada y quedate dormida si quieres, que esto es solo un capítulo de tu vida. Mi pequeña, cómo explicarte que no estás sola, simplemente tu alma está en coma, agoniza, no reacciona, no muestra signos vitales, pero sigue viva y tenés que encontrar el camino para guiarla de nuevo a la vida y cuando no sepas qué es vivir, con tu mano localiza tu corazón, que en cada palpitar desde el otro lado te estaré gritando que te amo y mientras exista el amor, hay vida.¿Te digo un secreto?Mientras los seres humanos existan, habrá amor y una larga vida por vivir. Sigue Vale, que aún falta mucho por vivir.

Atentamente,

Una persona que te ama

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Al señor del lápiz negro

Me encanta la manera en la que sostiene su lápiz señor, como si pretendiese liberar toda la incertidumbre de las nubes, como si con sus manos pudiera construir viviendas dignas para todos nuestros sueños olvidados. Y la manera en la que arquea esa sonrisa, como dos continentes que se vuelven Pangea. Yo señor, ya olvidé lo que se siente escribir, alguien me dijo que de qué servía construirnos alas si el cielo es un lugar con tan poco oxígeno. Sí señor, a nosotros los niños nos cortaron las alas con sus pestañas sentenciosas, y ahora tomamos el lápiz solamente cuando los adultos no parpadean. Ojalá señor, a mi no me enamoraran los lápices, ojalá me enamoraran las billeteras gruesas y las copas de vino que rebalsan intereses creados. Ojalá señor, que no sintiera una leve desviación hacia los terremotos, como usted. Todo sería más fácil. Me vería en el espejo y sacaría el pecho en vez de bajar la mirada como con pena de mí misma.

Lo envidio mucho, señor. Usted todavía sostiene un lápiz para sentirse libre. Usted todavía cree en los milagros. A usted todavía no le han arrancado los sueños con los párpados. Lamento decirle que en el futuro, alguien se encargará de pensar por usted, de decidir por usted, de meterle a la fuerza sueños que no son suyos y engañarle diciéndole que lo son.

Pero mientras tanto, apreté el lápiz con fuerza, que yo apretaré las piernas con más.

Cambie vidas mientras pueda, enséñele a los niños a soplar flores, enamórese como loco, piérdase, deslícese en todas las montañas y píntese la cara con lodo y carmesí.

Cambie vidas mientras pueda, antes de que algún imbécil le cambie la suya para mal.

Mientras tanto siga apretando ese lápiz, siga inhalando en la máscara de ese mundo habitable que predica.

-Valeria Cobos

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Foto por: Guillermo Cárcamo

Para la que tejiendo se le fue la vida

 

 Dibujaba rayuelas para nosotros en las nubes

Se sentaba en ellas y pintaba el cielo en un mural

Sus manos eran capaces de cortar el cielo

 

Cerraba sus ojos

Cerraba sus ojos como quien tapa una herida

Y guardaba los restos en su bolso café

 

Con su postura de avestruz

Se sentaba a tejer todas las tardes

Tejía y tejía

Como si la lana fuese igual de infinita que los recuerdos

 

Ella tejió un cerco

Para que ningún adulto llegara a decirnos que ya era hora

Para que ningún adulto le dijera que el cielo tiene que pintarse de azul

 

Ella tejió una escalera

Y nos tejió a nosotros de la nube al sofá

 

Nona nos contó que tenía sus escrituras

Que Dios cambiaba nubes

Por platos de mandarinas

Que Dios era un Dios cítrico, y no un Dios rencoroso

 

Ah…

Los restos del cielo no se quedaban en su bolso

No, ella los depositaba dentro de un baúl

Tomaba el candado

Lloraba un poco

Giraba la llave para tragarla con las uñas

Y así seguir coleccionando atardeceres

En medio de su alfiler

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Valeria Cobos