Carta para mi yo de mañana

Querida Valeria de veinte años,

Basta ya de quejarte porque tu país no funciona, tenés dos manos, dos pies y un corazón inmenso, ¡sé vos la que da el primer paso! Dejá de llorar, que esa energía radioactiva que tus ojos producen al llorar se gaste en esforzar la mirada a localizar cómo tu lápiz verde escribe en tu cuadernillo. Dejá también de pensar que para poder ser ”alguien” o grande tenés que desarrollar tu carrera artística en otro país. ¡Vos sos tu país y naciste para cobijar con versos las mentes desoladas de todos esos niños hechos de barro! Dejá de pensar tanto en ir a fiestas y a hoteles caros, vos naciste para estar contando cuentos en los lugares más recónditos del país y del mundo. Vos naciste para ver cómo los ojos de un joven se hinchan al escuchar por primera vez un verso de Sabines, para salir de la oficina y ver que afuera los jóvenes de tu escuela están recitando los cuentos de Wilde mientras caminan en los pasillos.

Querida Valeria de veinte años: no dejes que nadie te diga que escribir es un hobbie. No lo es. Que terminés tu carrera universitaria y luego te concentrés en escribir ¿ellos qué saben si nunca se han mordido los labios y visto el cielo al finalizar la última palabra de un libro? No te confiés de la gente que te diga que si querés ser artista te vayas del país: ellos no saben lo que vos sentís cuando terminás de impartir un taller de poesía y te das cuenta de que todos son diferentes de cómo vinieron.

No llevés la vida tan planificada, dejate llevar de vez en cuando. Si un libro no te toca el cuerpo como ladrillo o pétalo de sol cerrálo y empezá uno nuevo. Si querés bailar en un supermercado porque ponen la canción que te gusta hacelo, no vas a ir a la cárcel por eso. Si tu mejor amigo te propone un viaje y sólo tenés poca plata andante: ese podría ser el mejor viaje de tu vida.

Sobre todo, nunca le negués una sonrisa o un consejo a alguien: todos tenemos una historia que merece ser escuchada. Nunca te olvidés de tus superhéroes: La Nona, Don Bosco, Harry Potter, Mafalda. Nunca… y quiero ser insistente en esto: nunca te olvides de cuando Nona te miraba a los ojos y te decía: ”Vos vas a ser lo que querás ser”. Así mismo no olvidés ese montón de momentos que fueron clavos en tu columna vertebral pero que ahora son ramas de colores otoñales que te salen por la espalda cuando estás desnuda frente a un espejo. Vos sos fuerte. Vos sos Valeria.

-Vale de diecinueve

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Foto por: Nora Espinal

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La primera vez

La primera vez que me tomaste la mano pusiste mis dedos sobre tu corazón. De niña pensaba que sólo los zurdos tenían el corazón del lado izquierdo, los derechos (o sea todos nosotros) nos teníamos que conformar con un corazón burdo incrustado en nuestro pulmón derecho. Luego me contaste que de niño un día encontraste una flor blanca al fondo de un precipicio y que estaba tan lejos que te pusiste triste. Mamá te tomó entre brazos y te dijo que cuando las flores se arrancan pierden todos sus colores, que era mejor dejarla ahí para que el sol le lamiera los pétalos con su miel de medio día. Lloraste tanto por la flor que sentiste que por primera vez el corazón se te rompía, y pusiste tu mano en el pecho para que si salía volando algún pedazo pudieras pegarlo con alguno de los ungüentos mágicos que preparaba tu abuela. Pero no se rompió, y pensaste que el corazón nunca se te iba a mover de lugar. Por eso fue extraño ¿no? ver que cuando me reía por primera vez frente a vos te tocaras el corazón asustado pensando que si seguía latiendo tan rápido se te iba a salir, -y esta vez no sólo un pedacito- si no completo.

-Valeria Cobos

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Foto por: Fernando Amaya