Para la que tejiendo se le fue la vida

 

 Dibujaba rayuelas para nosotros en las nubes

Se sentaba en ellas y pintaba el cielo en un mural

Sus manos eran capaces de cortar el cielo

 

Cerraba sus ojos

Cerraba sus ojos como quien tapa una herida

Y guardaba los restos en su bolso café

 

Con su postura de avestruz

Se sentaba a tejer todas las tardes

Tejía y tejía

Como si la lana fuese igual de infinita que los recuerdos

 

Ella tejió un cerco

Para que ningún adulto llegara a decirnos que ya era hora

Para que ningún adulto le dijera que el cielo tiene que pintarse de azul

 

Ella tejió una escalera

Y nos tejió a nosotros de la nube al sofá

 

Nona nos contó que tenía sus escrituras

Que Dios cambiaba nubes

Por platos de mandarinas

Que Dios era un Dios cítrico, y no un Dios rencoroso

 

Ah…

Los restos del cielo no se quedaban en su bolso

No, ella los depositaba dentro de un baúl

Tomaba el candado

Lloraba un poco

Giraba la llave para tragarla con las uñas

Y así seguir coleccionando atardeceres

En medio de su alfiler

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Valeria Cobos

 

 

 

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Asfixio

Asfixio las manos

Aprieto el país que cargo en las manos

Lo asfixio

Asfixio los puñales con los que matan a los niños

Asfixio las jeringas infectadas de SIDA

 

La clase alta también… se asfixia

Se pone las manos alrededor del cuello

Asfixiando todas las casas de madera,

Las casas de aluminio, las casas de cartón

En las que viven los ancianos cubiertos de barro

En donde viven los perros tristes,

Los cadáveres de los valientes

Los niños de las manos amputadas

 

-Valeria Cobos

Para cuando se te consuma el cigarrillo

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Estos somos nosotros. Javier y Valeria. Valeria y Javier. Dos seres humanos que se conocieron por casualidad hace casi una década.

Dicen que cuando conocés a una persona en una casa salesiana es bien difícil que esa persona salga de tu vida del todo. Y eso somos, dos salesianos en busca de respuestas que nadan por la vida a través de las emociones fuertes.

Él y yo somos fuerza. Él y yo somos energía pura. Yo no soy de las personas que escuchan mucho, pero cuando él me habla no habla para que siga sus consejos, habla para que yo respire, para que yo me de cuenta de que la tristeza de la vida es parte del equilibrio.

Javier y yo no nos vemos a diario, no hablamos muy seguido, pero cuando nos vemos tengo tantas cosas que contarle (como si hubiera estado una vida entera sin verlo). Javier habla con las manos, con los ojos, con los abrazos, con los libros que me recomienda… Javier es mi amigo, sí… de esos que no aparecen todos los días, de esos con los que el tiempo se va demasiado rápido, de esos con los que la vida vale la pena. Javier es mi amigo, lo es.

-Valeria Cobos

La culpa, por Valeria Cobos

La señora Amanda, aún en su piyama, caminaba con la vista perdida a lo largo del muelle. En su casa de playa estaban dormidos sus tres hijas y su sobrino.

Ese mismo día en la madrugada Doña Amanda había soñado que un montón de luciérnagas se habían escapado silenciosamente del infierno para ir a aturdir su noche. Eran rojas, como la lengua de un perro y furiosas querían amarrarle las extremidades a la señora con los extremos de la cama. El sonido que hacían estando enojadas era realmente horrífico, parecían un montón de almas quejándose en un especie de purgatorio. Doña Amanda pensó que tal vez las personas al morir se convertían en luciérnagas, y que sufrían incansablemente hasta que la corriente de aire se las llevaba al mar. Era una pena, su orgullo religioso no le permitía creer que el paraíso era un montón de agua salada en la que los bichos se ahogaban, su orgullo religioso no le permitía creer que lo único que las almas en pena compartían con los ángeles eran las alas, todo lo demás era un cuerpo escuálido, negro e insectico.

Es por eso que cuando miró el reflejo de la luna en el mar y abrió los ojos por primera vez en su vida se puso triste, tan triste que sacó la motosierra y como sacrificio por haber dudado de los planes de Dios la encendió para arrancarse los ojos. Lastimosamente la sierra tocó su cerebro, y todas las inocentes luciérnagas que yacían tranquilas en la arena fueron bañadas de un líquido tibio y rojo, que las puso furiosas.

El día siguiente las hijas le prepararon un desayuno por su cumpleaños, y encontraron solamente sus huesos con una cruz en la arena formada por cadáveres de luciérnaga.

Un grito agudo levantó a todos en la casa. Doña Amanda gritaba como que había sido asustada por el diablo, mientras sostenía un rosario en cada una de sus manos.

La Coca-Cola y sus malas decisiones

Un día la botella de Coca-Cola de tres litros sufrió una serie de pensamientos suicidas al verse en el espejo y encontrar una botella mucho más gruesa y arrugada que hace veinte años.

Tras reflexionar acerca de posibles soluciones sobre el adelgazamiento de su silueta surgieron en su mente varias ideas, la primera sería intercambiar líquido con un jugo de naranja, la segunda dejar que toda la espuma se saliera por la tapa y la tercera y última sería rodar seis horas seguidas hasta que se sintiera mareada y vomitase.

Le preguntó a su amiga SULA si podían intercambiar líquidos, pero como su botella era transparente y él estaba tan orgulloso de su color no soportó ni tres segundos con ese nuevo color amarillento. Como segunda instancia se quitó la tapa y dejó que todo el aire saliera, pero luego de unos minutos no pudo contener la respiración y tuvo que enroscarse de nuevo la tapa. Por último, ya decepcionada totalmente por sus intentos fallidos se fue a la punta de una montaña y recostándose en ella comenzó a rodar hacia abajo. Luego de seis horas e innumerables sensaciones desagradables en el cuerpo la botella dejó de rodar,  y con mucho esfuerzo se levantó para vomitar; como no pudo y toda su botella dolía comenzó a frotar su panza. Al brotar su panza adolorido salió Santa Claus por la tapa y con una voz picaresca le ofreció:

-Buen día botella, vengo acá a ofrecerte un deseo, pero escógelo bien… Sólo será uno.

-Buen día Santa, pensé que sólo aparecías en la Edición Limitada. ¿Por qué debería yo de pedirte un deseo?

-No lo sé, quizá porque he estado oyéndote quejar sobre tu fisionomía.

-Supongo que tienes razón, mmmm, me gustaría convertirme en algo más natural, más ecológico, más liviano, pero sin perder mi color.

-Concebido.

Y Santa lo convirtió en la hoja seca más inmóvil del otoño, y el viento se la llevó y se la comió una nube.

Si te vas a enamorar de un artista…

Si te vas a enamorar de un artista es porque estás dispuesto a los extremos, estás dispuesto a que un día pinten tus labios en un lienzo como que fueran lo más delicioso del mundo y el siguiente día te comparen en uno de sus poemas con un racimo de plátanos podridos. Si te vas a enamorar de un artista es porque sabés que él o ella no van a ver el mundo de una manera cómoda, porque las injusticias les irritan y este mucho está repleto de ellas. Si te vas a enamorar de un artista es porque va a saber cuando estés triste, cuando le estés mintiendo o cuando querás irte a la mierda (el artista es un experto en reconocer emociones humanas). Un artista no te va a amar nunca de la manera que estás esperando ser amado, un artista te va amar a su manera, fuertísimamente y sin excusas. Un artista va a saber lo que conlleva mirarte a los ojos y decirte tus verdades. Un artista va a herirte con esas verdades y no va a arrepentirse de hacerlo. Un artista te va a ver como que sos lo más valioso y lo más dañino de una manera casi equilibrada. Te va a abrazar y cuando te abrace vas a entender cómo la verdadera calidez humana puede reconstruirte de nuevo. Al fin y al cabo los artistas son eso: carne, hueso y resistol.

El arte y sus respuestas

Yo no hago arte para sobresalir. Yo hago arte para respirar, porque necesito agua y vivo debajo de una sombrilla. Hago arte porque me gusta embriagarme, me gusta perder la noción del tiempo, del espacio, de la ira. Me gusta imaginar caras desnudas y masturbarme con las hojas secas que olvidaron los niños al pasar. Yo no hago arte para sobresalir, hago arte porque me estorba el artista que trata solamente de dar pasos bípedos sobre la arena, de comprar libros de poesía sin dejar que ellos lo encuentren, de pisar las cucarachas sin pensar en las acotaciones de Strindberg, de ir a espectáculos de Ballet y no sentir que todo lo interno se desangra y se convierte en un riachuelo.